La crueldad de la guerra: reparación de COVID-19 a través de la curación y el cuidado

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Por Emily Yates-Doerr

*Traducido por Arturo Ramírez

Estamos en guerra“, dice el jefe de la Organización Mundial dela Salud, advirtiendo al mundo que “el virus amenaza con destrozarnos”. “Estamos en guerra con un virus“, menciona el ex vicepresidente de Estados Unidos en un debate presidencial. El actual presidente de los Estados Unidos se ha etiquetado a sí mismo como un presidente en tiempos de guerra. “Estamos en guerra, y estamos luchando contra un enemigo invisible“, declara, concediéndose poderes ejecutivos extraordinarios.

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Me conecto a Instagram y veo a una amiga en uniforme. Sarah, una pediatra en Seattle, se prepara para inspeccionar a un recién nacido cuya madre estaba infectada. En los primeros días, cuando nadie había oído hablar de COVID-19 (C19) o SARS-CoV-2, los medios de comunicación estadounidenses dijeron que el virus perjudicaba principalmente a los ancianos. Según se informa, ninguna de las personas que habían muerto en el brote inicial tenía menos de diez años. Todos a mi alrededor, padres o no, suspiraron con alivio ante el hecho reportado de que los niños estaban a salvo.

Esto resultó equivocado. Los hospitales, desbordados de personas muy enfermas, se volvieron peligrosos, por no decir mortales. Esto importa especialmente en el caso de los niños porque el nacimiento en los Estados Unidos es altamente medicalizado y se realiza casi en su totalidad en los hospitales. La escasez de equipos de emergencia presentó un desafío para los cuerpos de trabajo. Desbordados más allá de su capacidad, los hospitales excluyeron del parto a las parejas de mujeres embarazadas y por lo tanto el parto se dio sin apoyo de los parientes o de la comunidad. Luego, agravando la crueldad, las madres que no mostraban síntomas de Covid19 al comienzo del trabajo de parto dieron positivo  al final. Médicos y enfermeros sin protección adecuada estaban difundiendo el virus a las pacientes en trabajo en parto y éstas lo diseminaban a su vez. Era difícil contar a los niños como a salvo, cuando sus mundos se desmoronaban.

Sarah está sonriendo para la cámara, pero sé que es una sonrisa destinada a tranquilizar a los demás. El texto que ha escrito junto a la fotografía dice que se siente incómoda por el alboroto que se hace por los trabajadores de la salud cuando los empleados en tiendas de comestibles, los carteros y los recepcionistas de la clínica también están en grave necesidad. Ella les dice a sus amigos que va a besar a sus hijos dormidos, y nos pide que seamos amables con nosotros mismos en este momento.

Todos tenemos que mantener el ritmo, dejarnos llevar por esos momentos de asombro ante la primavera y por destellos inesperados de amabilidad y paz. Buenas noches compañeros que están compartiendo este breve momento en la Tierra juntos. ¿Soy yo o siento que estamos, para bien y para mal, más conectados que nunca?

El post de esta médica que está en contacto directo con el virus lleva con ello dos lecciones: estamos necesitados de calma y paz, no de guerra; y es ahora el momento de sanar nuestros sistemas mundiales muy desiguales despertando a nuestras conexiones.

Hace sólo tres semanas respondí a una llamada de Whatsapp de Estella en Guatemala, a quien conozco por mi larga labor de campo en su comunidad. Esperaba que le pudiera ayudar. Su primera nieta nació cerca de Washington, DC en enero, y Estella quería tener a la bebé en sus brazos.

La bisabuela de la bebé fue una partera experimentada en los altos de las cordilleras volcánicas de la Sierra Madre de Guatemala, pero la madre de la bebé estuvo sola durante el parto. El hijo de Estella, el padre de la bebé, se había ido a Estados Unidos de adolescente durante los años de Obama, intercambiando un porvenir de desempleo garantizado por un futuro de trabajo duro del lado equivocado del salario mínimo. Hace unos meses, pocas semanas antes de recibir su green card por la que se había esforzado durante años, fue arrestado por cargos dudosos. Estaba en la cárcel cuando nació su hija, esperando que se procesara una costosa fianza para su liberación. Su abuela había atrapado a miles de bebés en su vida, pero en este momento en que él la necesitaba, ella estaba a miles de kilómetros de distancia.

Después de asegurarse de que mis hijos y yo estábamos bien, Estella me explicó su petición: “He oído que puedes escribir una carta que me ayude a conseguir una visa”, dijo, con la esperanza de poder ayudarle a reunirla con su hijo. Le dije que me pondría en contacto con un amigo guatemalteco que es abogado y conoce bien el sistema de inmigración, pero le comenté que no me sentía optimista. En los últimos años, una carta de mi parte no habría sido de beneficio, y ahora las fronteras se estaban endureciendo aún más.

Al momento de nuestra llamada, yo ya estaba consumida por el miedo de la propagación de C19, y le pregunté si la gente de su comunidad también estaba preocupada. Estaba pensando especialmente en su anciana madre, que vivía en lo alto de las montañas y lejos de la atención hospitalaria. Pero era claro que Estella no pensaba en en el virus, sino en su hijo, cuya vida ya era extremadamente vulnerable, y en su nieta recién nacida, a quien tal vez nunca tenga la oportunidad de conocer. El miedo a la amenaza potencial del C19 tendría que compartir espacio con la crueldad inmediata que ya estaba viviendo.

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El 17 de marzo, una semana después de hablar con Estella, Guatemala, con seis casos de C19 reportados en ese momento, cerró sus fronteras a los Estados Unidos. El presidente de Guatemala, médico por profesión, dijo que bloquearía las deportaciones, un acto necesario, pero provocador. Cada día desde hace años, Estados Unidos ha deportado a cientos de guatemaltecos: 54.547 personas el año pasado y más de 400.000 personas en la última década.

Trump llegó al poder prometiendo más deportaciones y, desde el momento de su elección, ha trabajado para socavar las leyes internacionales en torno al asilo para las personas que se mueven hacia su país. Para aumentar su aceptación entre sus seguidores supremacistas blancos, lleva a cabo actos racistas en los que la crueldad es el punto. Durante el último año, ha prohibido a los guatemaltecos entrar en los Estados Unidos a través de puestos de control donde pueden solicitar asilo. En noviembre pasado, desafiando a la Corte Suprema de Guatemala, comenzó a enviar solicitantes de asilo a Guatemala aunque no tuvieran ninguna conexión con el país. Desde entonces, más de 900 personas de El Salvador y Honduras han sido deportadas a Guatemala y los planes están en marcha para enviar gente desde México también.  

El día que Estella me llamó, Miriam Estefany Girón Luna, que vivía en los mismos altos que Estella, murió tras una caída de veinte pies del muro fronterizo entre Estados Unidos y México. Tenía diecinueve años y ocho meses de embarazo en ese momento. Según el derecho internacional, Girón Luna debería haber sido autorizada un paso seguro antes de solicitar asilo (este proceso, discutiblemente, sigue las leyes de asilo de los Estados Unidos).  En cambio, de acuerdo con la actual política federal de inmigración, aunque Girón Luna ya se encontraba muriendo de su caída, hubiera tenido que ser puesta bajo arresto —tratada como una criminal— antes de ser tratada como una paciente.

La periodista Tina Vásquez escribe que “la política de inmigración de Estados Unidos está destinada a matar a mujeres como Miriam Estefany Girón Luna, y está funcionando”. Y tiene razón. El verano pasado en Guatemala, visité la tumba reciente de la veinteañera   Victoria Méndez Carreto, que había vivido a salto de piedra de Estella. Murió de deshidratación en el desierto de Arizona y, al igual que Girón Luna, estaba embarazada cuando murió. He escrito sobre varias otras jóvenes mujeres indígenas  niños de la región que fueron asesinados mientras cruzaban a los Estados Unidos en los últimos años. Se dice que una de cada cinco personas de la pequeña comunidad de Estella se fue a Estados Unidos en los últimos años. Muchos de los que intentan cruzar no sobreviven. 

Ver las estadísticas de las deportaciones y las muertes fronterizas, que he estado haciendo durante una década, es como ver crecer las métricas del C19. Cada uno de los miles de puntos de la página esconde la vida de una persona amada, una vida con mil historias incrustadas en una red de mil más.

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En la zona rural de Oregón, donde vivo actualmente, los guatemaltecos están sembrando plantas y recogiendo verduras para el suministro de alimentos en los Estados Unidos. Personas no elegibles para beneficio de desempleo o para estímulos, deben hacer este trabajo. La otra noche, un amigo con un precario estatus migratorio dejo en mi puerta un paquete de hierbas frescas cosechadas de una granja local. Fue un regalo destinado a darle un poco de sabor a la comida congelada que he estado comiendo mientras paso mi encierro en este lugar. Lo dejó junto con una nota haciéndome saber que se había lavado bien las manos con jabón.

Cuando los trabajadores que cultivan esta comida se enfermen – porque es cuestión de cuándo, no de si, se enferman — no tendrán seguro, por lo que los hospitales pueden rechazarlos. Cuando, no si, se aparten de los hospitales, volverán a viviendas abarrotados donde el aislamiento es imposible. ICE (Immigration and Customs Enforcements), cuyos agentes usan las  escasas máscaras N95  , ha aprovechado la creciente vulnerabilidad causada por el C19 para  traficar  niños y para atraer a los trabajadores a sus trampas. Desde hace meses, circulan en internet imágenes de personas y familias hacinadas en jaulas cerradas. Ahora, el C19 también está con ellos.

“El coronavirus no discrimina” se convirtió en un eslogan en Seattle para crear conciencia de que cualquier persona puede enfermarse. El New York Times publicó una cita  de un trabajador de la salud diciendo: “No importa dónde estés. No importa cuánto dinero tengas. Este virus trata a todos por igual”. Pero esto, por supuesto, es una mentira. La enfermedad nunca puede ser igual cuando el cuidado está estructurado para mejor ganancia. No puede ser igual cuando hay grandes disparidades entre las opciones públicas y privadas, y cuando las personas que cuidan de los sistemas que nos sostienen no acceso a cuidados médicos.

Se suponía que la deportación de personas en Estados Unidos a Guatemala se detendría cuando el C19 apareciera en Guatemala. Pero esto no sucedió. Jeff Abbott, periodista de investigación, contabiliza de manera confiable el número de guatemaltecos cargados en aviones en los Estados Unidos y expulsados cada día. El 27 de marzo informó que la administración Trump deportó, solo ese día, a 165 guatemaltecos. Dos días más tarde, compartió un hecho que no sorprendió a nadie que haya prestando atención: las personas que llegaban en estos vuelos llenos a Guatemala estaban dando positivo para C19.

Hay quienes pueden quedarse en casa comiendo de congeladores llenos de alimentos cultivados por trabajadores mal pagados y desprotegidos. Hay países que pueden cerrar sus fronteras. Para otros, esto nunca fue ha sido una opción.

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Estamos en guerra, pero es una guerra vieja (Nelson 1999, Velásquez Nimatuj 2018). Hay que tomar en cuenta que hace décadas, cuando los guatemaltecos potenciaron su democracia para llevar a cabo reformas agrarias, que podrían haberlos liberado del trabajo en las plantaciones, el gobierno de Estados Unidos desplegó ejércitos de soldados y propagandistas para anular las elecciones y respaldó golpe tras golpe de estado. Oficiales militares estadounidenses entrenaron a oficiales militares guatemaltecos técnicas de violencia desarrolladas a lo largo de siglos de conquista colonial y perfeccionadas durante la Guerra de Vietnam, con el propósito de sembrar el terror.

Los líderes estadounidenses, con intereses en agronegocios guatemaltecos que dependen de la explotación, no vieron mermadas sus ganancias. Los guatemaltecos más vulnerables – indígenas y mujeres embarazadas — se volvieron blanco de los militares. En aquel entonces, como ahora, el objetivo/fin era la crueldad. Cientos de miles de personas fueron asesinadas; cientos de miles más huyeron. El número de personas que siguen huyendo de un país que nunca se ha recuperado de la violencia es todavía más grande.

Seguimos en guerra hoy, una guerra donde C19 es un síntoma, no la causa. La guerra no la hace un enemigo invisible sino las personas que pretenden liderarnos, que desde hace mucho han priorizado la ganancia económica sobre la vida humana y quienes hoy en día sacan provecho de la inestabilidad y el miedo para asegurar ganancias de la venta de ventiladores, servicios de prueba, acciones bursátiles y comida. Tenemos que dar un viraje en la lengua, el pensamiento y la acción para entender que la crueldad de la guerra no es un efecto “sino la precondición” del virus (Benjamin 2019:5). Hay que tomar en cuenta que mientras los hombres blancos autorizan la batalla contra el C19, son principalmente la gente de color quienes asumen la carga viral de la demanda de poder de los primeros.

Mucho en la forma cómo se ha gestionado el C19 puede parecer un accidente trágico en retrospectiva. Departamentos de salud atrancados, científicos despedidos, ventiladores defectuosos y pruebas de laboratorio averiadas o inaccesibles podrían verse como una falla en nuestros sistemas. Pero, cuando los sistemas de salud inician políticas de eugenesia, cuando los derechos – tenazmente reclamados — a la educación para personas con discapacidad se ven erradicados, cuando las reformas migratorias colapsan, mientras las familias son separadas o permanecen separadas, y cuando las madres se encuentran solas en el momento increíblemente vulnerable del parto, en esos momentos tendríamos que recordar la lección de la historia cuando la crueldad era el fin.

Emily Martin (1990), y antes Susan Sontag (1978), nos advirtieron: hay que tener cuidado con las metáforas de la guerra, que fomentan imaginarios y respuestas violentas, bloqueando la atención hacia los trabajos de cuidar que se necesitan. En el caso del C19, referirse al virus como “el enemigo” sirve para justificar la expansión del financiamiento militar, precisamente cuando se necesita invertir en servicios públicos (véase Lutz y Crawford 2020). Hablar de guerra desplaza la culpa de los políticos, quienes han trabajado en contra de sus representados, usando el mido y el odio para mantener el control. Naturaliza la violencia como resultado esperado en un momento cuando lo que se necesita es curar y reparar.

Consideren cómo cambia la conversación si se insiste que la guerra que combatimos de forma desigual no es causada por un conjunto de proteínas con forma de corona, sino por políticos que persiguen ganancias. Consideren qué cambia al decir que no, no estamos en guerra contra nuestros cuerpos. SARS-CoV-2 es un virus, no el enemigo (véase Brives 2020). La militarización contra el C19 no es la mejor forma de cuidar a las personas afectadas; es la mejor forma de asegurar que la desestabilización continúa, haciendo posible que la enfermedad se extienda. Puede ser que Sarah y otros trabajadores esenciales quienes siembran comida, abastecen supermercados y limpian hospitales estén en la línea de fuego, pero no son soldados. Son cuidadores, y tenemos que entender que están en riesgo porque nos ayudan a recuperarnos.

Recientemente, el historiador de la ciencia Evan Hepler-Smith hizo la siguiente pregunta: “Qué pasa si pensamos en estado actual de las cosas no como una guerra contra el coronavirus, sino como un esfuerzo colectivo, no menos urgente, para proteger, mejorar y sostener la salud pulmonar – la habilidad de respirar cómodamente?” Ésta es una buena estrategia para virar nuestras responsabilidades/habilidades para responder, es decir, nuestras habilidades para leer las estadísticas de la muerte y entender cómo actuar. Es obvio que no queremos que nuestros cuidadores peleen, sino que necesitamos encontrar el espacio para que lleven a cabo su trabajo de cuidar, que tan desesperadamente necesitamos que hagan.

Como lo han notado otros, en medio de peligros nuevos se encuentran las posibilidades de transformar nuestros sistemas fundacionales – el financiamiento de la salud, las cárceles y el nacionalismo fronterizo – que han sido demasiado crueles con demasiada gente por demasiado tiempo. Hay que potenciar el momento para cambiar radicalmente nuestras políticas (véanse TaylorKlein y Roy), nuestras profesiones (véanse Corbera et al. y Ahmad) y las fundamentos de nuestras vidas reproductivas  (véanse Olufem y Bhattacharya).

Aún ante el C19 – especialmente cara al C19-, cuando el aislamiento y las fronteras pueden ser protectoras y el contacto puede ser mortal, necesitamos reconstruir mundos basados en la equidad, la dignidad y el curar. Este reto presenta una oportunidad para rechazar y reparar la crueldad perenne/persistente crueldad de la guerra, para hacer que en su lugar florezcan las conexiones que curan. En estos tiempos de desesperación hay tremendas aperturas.

Emily Yates-Doerr es antropóloga en la Oregon State University y en la Universidad de Amsterdam, donde funge como investigadora principal del proyecto de investigación ‘Global Future Health: A Multisited Ethnography of an Adaptive Intervention’, patrocinado por el European Research Council. Ha llevado a cabo investigación etnográfica en Guatemala en los últimos veinte años. Puedes seguir a Emily en Twitter @eyatesd.

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